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prehispánicas para conformar escenarios en síntesis de una muy particular caracterización.
Herederas de esta importante tradición, las piezas de barro bruñido que todavía hoy se confeccionan y que aquí presentamos, requieren de un dilatado proceso ritual. Es preciso unir dos tipos de barro, uno delgado y pegajoso conocido como “barro tieso” y otro que se emplea como desengrasante “barro blando” --cuyas propiedades minerales especiales se conjugan en el Occidente de México-- hasta formar una masa que debe encontrar un punto particular que se logra con el reposo y la fermentación de la tierra.
Se emplean moldes sobre los que se vierte la masa en forma de tortilla que cuida la proporción del grosor. Las asas, orejas y detalles de pastillaje se modelan aparte y se incrustan luego en la pieza total. Se desmolda después y se deja orear para luego alisarse. El proceso de secado que sigue puede prolongarse por varios días hasta el momento en que recibe un baño del engobe amarfilado conocido como blanco de albayalde--que cumple con el propósito de cubrir los poros y servir como base o fondo para la pintura que viene a continuación. Se verifica ahora lo que se conoce como “palmeado” para el dibujo que se logra con colorantes de barros locales, sobre el que se pintan los diferentes motivos que luego se cubren por una segunda capa más decantada del mismo engobe (“azul”) que hace que los colores pierdan los tonos iniciales. Luego viene la fase de “sombreado” en la que se perfilan y repintan, las áreas que requieren de mayor contraste.
Finalmente viene el bruñido, que no es otra cosa que el brillo final que se obtiene por el afán de frotar con una piedra mineral “pirita” la superficie de la pieza, cerrando con ello los poros e imprimiéndole un toque mágico.
Al final se somete la pieza a la cocción, en la que se “amarra” la totalidad de los elementos del proceso.
El resultado artístico es asombroso, sin olvidar las cualidades de sabor, frescura y olor que estas piezas proporcionan al agua, cuyo propósito utilitario se olvida ante tanta belleza estética. |
También conocida como “loza de agua” por el propósito a que se destina -la contención del agua- esta alfarería exige de una sola cochura. Es la más antigua y de mayor tradición prehispánica, cuyas formas sin asas datan del año 1500 a. c. (bules, calabazos, jícaros) y acabados (bruñido) de 200 a 300 años a. c. que encontraría su florecimiento por los 400 y 600 d. C. Poco a poco fueron incorporándose a la piezas asas, orejas y detalles y perfeccionándose la técnica al grado de que algunos de los ejemplos confeccionadas en los siglos XVI y XVII constan en el importante acervo del Museo de América en Madrid. De particular importancia es la colección de Roberto Montenegro de las primeras décadas del siglo XX, integrada por muestras excepcionales de esta cerámica que hoy se exhibe en el Museo Nacional de Arte de la ciudad de México, en el Instituto de la Artesanía Jalisciense y que colocaron a estos productos al mismo nivel de los del resto de las bellas artes.
La maestría en el dibujo es una de sus características más notables. Predomina una tendencia decorativa “pura”, con motivos florales más bien abstractos y representaciones simbólicas de animales y formas geométricas que fueron revaloradas a partir de las vanguardias. También aparecen escenas de índole narrativa que remiten a la cotidianidad popular. Se incorporaron luego a la temática los símbolos de la mexicanidad: él águila, la serpiente, el nopal y las atávicas grecas
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