Hablar del barro es hablar del hombre. Ha sido tal la importancia que se le ha concedido, que ha llegado a vérsele nada menos que como la materia original, primigenia, que nos constituyó como seres, según nuestra interpretación religiosa más cercana y abarcadora. De barro, el hombre. De barro, la tierra que habita. De barro, su morada particular. De barro, los enseres con los que se allega el alimento que lo nutre y garantiza su permanencia en la vida. De barro el arte en el que deposita sus anhelos, sueños, forma de mirar al mundo. De barro, el ánfora última de su detrito corporal. De barro, el barro al que vuelve finalmente, en su tránsito de polvo.

 

 

No puede sorprendernos un lazo que lo ha tornado en un dios. El dios artesano capaz de  manipular, crear al mundo, sus seres, sus objetos, a su real gana. Capaz de contar la historia particular de los objetos que se prolongan por su mano hasta liberarse, y cobrar independencia, y un lugar en el espacio. Capaz también de contar la historia total del hombre, y aun de su antes y después...

Los objetos culturales donde el barro ha sido protagonista principal, relatan, así, una historia de simbiosis, de pertenencia, en su sentido más lato; de amor en su sentido más profundo.

 
Esta historia de amor ha encontrado escenarios donde ha prohijado obras sorprendentes y maravillosas. Tonalá, de México, es uno de estos casos en que se han conjugado ricos nutrientes para la existencia de un pueblo mágico que encuentra, en cada uno de sus habitantes, no al hombre común que se conforma con hacer un plato que baste y sirva al alimento, sino que es capaz de aherrojar sobre él, ese soplo que lo exime de la servidumbre de la loza y lo lleva a figurar entre los más altos ejemplos del arte del ser humano.

 

 

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